Monthly Archive for September, 2007

Video de primera

Soy poco dado a enlazar videos de youtube. Creo, erróneamente, que distorsionan el aspecto literario de los blogs. Pero hoy hago una excepción y os recomiendo este enlace: la batalla del león, el búfalo y “otro” (no quiero desvelarlo). El video dura 8 minutos y medio. Valen la pena. Sólo anticipo que alrededor del minuto tres, tres y medio, la historia da un giro inesperado. Y hasta aquí puedo leer.

Poesia actual

Escoltava l’Antoni Bassas, que parlava de la Vall d’Hebron, i m’ha semblat escoltar que un periodista del seu equip feia el seguent [involuntari] rodolí: “A consultes externes han d’anar amb llanternes”. Es referia a que encara estan a les fosques. Vaja, que a la Vall d’Hebron impera la tenebror. Aquest rodolí, més dolent, és meu.
I un altre de dolent, també. L’hospital de la Vall d’Hebron, abans tenia nom de cabrón. Ho sento, no podia resistir-me. S’entèn, oi?

Aprofito per demanar disculpes. Tinc molt poc temps (lliure vull dir, que de temps tots tenim el mateix) i no us puc visitar com voldria. Ni pràcticament contestar els vostres comentaris.

Caso Madeleine

Leo en El País la última noticia sobre el caso Madeleine. Un caso del que todo el mundo habla. No voy a contar mi versión, por repeto a Madeleine. Ni viva ni muerta merece lo que le están haciendo. Digamos que hablaremos de los que hablan de ella. De los periodistas (?) que lanzan conjeturas sin fundamento alguno. Ellos las llaman

hipótesis

En mi opinión, por lo que intentan hacer, que no es otra cosa que completar una realidad inexistente, deberían llamarlas

hiprótesis

Claro que mi “yo” más valiente me apunta lo que olvidaba decir. Que en el fondo son unas

hipócresis

Volviendo a la normalidad a plazos

Promento solemnemente (como la canción aquella: solemnemente una vez, te amé en la vida…) recuperar el viejo hábito de escribir a diario. Poco a poco todo vuelve. Mañana vuelve el coche. Ayer me llamaron desde el taller para darme la noticia. Hacía tiempo que un hombre no me hacía tan feliz. Claro que con lo que se va a llevar, 3.500, lo menos que me pueden dar es una alegría: dos días antes de lo previsto.

Mientras, en transporte público: trenes, autobuses y otros medios colectivos que recomiendo. Se hacen amistades. En cambio, en coche, como no te hagas amigo de Carles Francino o Toni Bassas no tienes muchas más oportunidades.

En tren, ya digo, es otra cosa. Ayer, sin ir más lejos, bajaba a Barcelona con mi hijo, que tiene tres años y cinco meses. Él, de pie, haciendo equilibrios con los vaivenes del tren, y yo sentado en un asiento cercano a la puerta. En la segunda o tercera parada, Vilassar de Mar, sube una señora. Anciana. Cortés y educado, le cedo el asiento. “No se preocupe”, me responde, “bajo en la próxima”. Insisto. En mi interior pienso que es una excelente oportunidad de dar ejemplo a mi hijo, que observa la escena. Una viajera de mediana edad aprueba con la mirada mi actitud. Mientras la señora se sienta, preparo ya la lección tutorial Aprende a ser boy scout en diez minutos: “¿Ves, hijo?, siempre hay que ceder el asiento a las personas mayores”. “Perquè, papa?” (lo dejo sin traducir, para no alterar el estilo literario de mi hijo. “Pues porque se les debe un respeto. Ellos han traído al mundo niños que después han traído niños que ahora son como tú. Sus nietos. Quizás ahora vaya a ver a uno de ellos (la señora asiente desde su asiento)”. “Y quizás”, prosigo con la lección, “sea la última vez que los ve. Porque las personas mayores, un día dejan de existir. Ya no respiran. Y mueren. Para siempre”. Ahí, la anciana, sin duda enternecida por mis palabras, empieza a sollozar. Le ofrezco un kleenex para enjugar sus lágrimas. Algo arrugado porque era el último que me quedaba y ya lo había utilizado para quitarle unos moquitos a mi hijo, pero todavía podía cumplir su función. A todo esto, la señora da un brinco: “Me he pasado la parada”. “No se preocupe, señora. Aquí estoy yo”. “En la próxima bajamos del tren, la acompañamos para cambiar de andén y la dejamos en el tren de vuelta”. Y así hicimos: Manu, la señora y yo. Bajamos las escalinatas que hay en Ocata para atravesar las vías y cuando estábamos subiendo me doy cuenta de que hay un tren dispuesto a partir. Para que la señora no pierda más tiempo, la cojo de la mano y la ayudo a subir rápidamente los últimos escalones. Con tan mala fortuna (por no decir torpeza de la señora, que a esas edades ya se sabe), que se cae y se golpea con el canto del escalón en la rodilla.

Pobre señora. Lo que llegó a gritar. Y con razón, eh, que una fractura de rodilla es muy dolorosa. Me lo dijeron los enfermeros a los que tuvimos que llamar (desde mi móvil: una vez más socorrí a la señora). Triste, la verdad. Pero ahora viene lo peor: la señora ni se dignó a darme las gracias, y mientras se la llevaban en camilla me miraba como si yo hubera hecho algo malo. Ganas me daban de decirle: “Pues la próxima vez le va a ceder el asiento su padre”. Pero me contuve, para no dar mal ejemplo a mi Manu.

¿Por qué los BMW’s son rápidos?

Pues muy sencillo. Para que puedas recuperar los minutos (horas, días, semanas) que pasan en el taller. Un BMW, en el fondo, es un curso camuflado de paciencia. Te enseñan que la vida está plena de claroscuros. Que después de una alegría llega una tristeza. Y que hay que pagar por los placeres. El “master” te lo dan en Cayma, servicio oficial de BMW en Mataró.

Dicen de los barcos que te dan dos días de felicidad: el día que te lo compras y el día que te lo vendes. Un BMW es lo más parecido a un yate.

Nota: puede parecer que tengo algo contra BMW. No es cierto. Más bien parece que BMW tenga algo contra mí. Lo iré contando. Poquito a poco, para que no duela.